Entrevistas

María Laura Fontan I Activista por los derechos animales

"No es conciencia, es política pública lo que falta "

Maria Laura Fontan tiene 63 años y un recorrido que parece salido de un guión de cine: fue una reconocida fotógrafa de moda, vivió en Barrio Norte y su nombre artístico, Malala Fontan, aún circula en buscadores por sus trabajos editoriales. Pero un giro inesperado la llevó a otro escenario: el de las calles, los techos y los rincones olvidados donde habita la fauna urbana, especialmente en zonas vulnerables como Villa Inflamable. Hoy, su vida gira en torno a rescates, castraciones comunitarias, campañas educativas y activismo por los derechos de los animales.

Aunque no se propuso ser rescatista desde el inicio, su amor por los animales la empujó a adoptar a cada gato que aparecía en su casa. El punto de quiebre fue un perro cojo y ciego de un ojo, Bubu, que le reveló una forma de vínculo más profunda con los animales. Ese despertar emocional la llevó al vegetarianismo, luego al veganismo, y más tarde al activismo por los derechos de todos los animales. Desde 2018, organiza campañas mensuales de castración de bajo costo en Villa Inflamable, lugar que considera su compromiso más intenso. Allí, con vecinos y voluntarios, enfrenta a diario la cruda realidad de la sobrepoblación, el abandono y el desinterés estatal.

¿Qué te motivó a convertirte en rescatista de animales y cómo comenzaste en esta labor?

En realidad, no fue algo que me propuse. Siempre me gustaron los animales de la fauna urbana, y eso se fue naturalizando en mi vida. Empecé a adoptar a los que aparecían en mi casa, los curaba, castraba y se quedaban conmigo. Vivía sola, y ellos eran mi compañía. Después llegó Bubu, y me cambió la vida. Con él descubrí una conexión emocional que me hizo replantearme todo: dejé de comer animales y productos de origen animal.

Mi activismo comenzó en 2011, trabajando por los derechos de los animales. No solo se trata de rescatar, sino de transformar el mundo para que deje de explotar a los animales. Fue en 2018 que llegué a Villa Inflamable para ayudar en una campaña de castración. Vi tantos animales en condiciones tan extremas que no me los pude sacar de la cabeza. Desde entonces, organizo campañas mensuales de castración en la villa, muchas gratuitas, y me ocupo personalmente del rescate, tratamiento y tránsito de los animales.

¿Cuáles son los principales desafíos que enfrentas a diario en tu trabajo como rescatista en Villa Inflamable?

El principal desafío es la sobrepoblación. Es una crisis global, pero en lugares como Villa Inflamable se multiplica por la falta total de políticas públicas. Las leyes existen, como la ley 13.879 pero no se cumplen. Castrar es la única solución real para evitar la reproducción geométrica que tienen perros y gatos. No se trata del animal que alguien abandonó, sino del que nació, vivió y murió en la calle, víctima de enfermedades, desnutrición o accidentes.

Además, no contamos con los recursos suficientes. El Estado está ausente y los veterinarios muchas veces lucran con esta crisis. Las campañas que hacemos son a pulmón, pidiendo ayuda, donaciones, armando equipos con vecinos. Pero aún así, la magnitud del problema es enorme y desbordante.

¿Cómo es el proceso de rescate de un animal en la zona? ¿Podes describir un caso reciente que haya sido especialmente difícil?

Normalmente nos avisan los vecinos. Todos en Villa Inflamable tienen mi número. Si no hay tránsito disponible en Capital, lo que suele pasar porque somos un grupo muy chico, intentamos resolverlo igual. Damos absolutamente todo para el tránsito: comida, traslados, cama, correa, atención veterinaria.

Un caso reciente fue el de Carlita. Tenía tres meses cuando un camión le destrozó una de sus patas. Una vecina, Mónica, la llevó a su casa y la cuidó. Después la llevamos a zoonosis de Avellaneda, donde la atención fue buena pero no tenían recursos para radiografías ni tratamiento específico, así que seguimos con una veterinaria particular. Pensamos que habría que amputar, pero Carlita logró salvar su patita. Hoy está en adopción, feliz, sale a pasear y convive con mis otros perros.

En resumen, cada rescate es una carrera contra el tiempo, contra el desinterés y contra la falta de recursos, pero también es un acto de esperanza y resistencia. Cada vida que logramos salvar reafirma que vale la pena.

¿Cuál es el papel de la comunidad en los rescates que realizás? ¿Hay alguna forma en que los vecinos puedan colaborar o ayudar en estos esfuerzos?

Hay vecinos que colaboran trayendo animales de la cuadra para castrar, pero el verdadero problema es la sobrepoblación. Es como un embudo: la parte ancha está llena de animales que necesitan ser rescatados, pero la parte finita, donde realmente podés ayudar, depende de cuánta plata tenés, cuántos hogares de tránsito tenés, cuánto tiempo podés dedicarle. Por eso se dice que de cada 10 animales en situación de calle, sólo uno se rescata; los otros nueve mueren antes de cumplir tres años.

¿Cómo se puede promover la conciencia en la gente?

El problema no es la conciencia de la gente, es la falta de políticas públicas. No se trata de educar a las personas sobre el maltrato, sino de exigir el cumplimiento de las leyes. Hay una ley provincial, la 13.879, que exige castraciones masivas, gratuitas, tempranas, generalizadas, extendidas y no excluyentes en el tiempo. Eso no se cumple. El servicio que da el Estado es insuficiente y deficiente: si el perro es gordo, si la perra está preñada o en celo, si es mayor, si es de raza o tamaño chico… no te lo castran. Entonces, no es culpa de la gente: es del Estado que no hace lo que tiene que hacer.

¿Cuál es la principal causa del abandono o maltrato animal y cómo se puede reducir?

La causa es, de nuevo, la falta de políticas públicas de castración. Si vos nacés viendo animales pelados, llenos de garrapatas y comiendo basura, normalizás el maltrato. Un ejemplo de modelo exitoso es el centro de zoonosis de Almirante Brown: hacen 200 castraciones por día en la sede y 100 en los barrios, sin turno previo, con presencia real en el territorio. Eso genera educación por inmersión. La verdadera educación es esa, no la cátedra teórica. No se puede esperar que una familia que no tiene para comer pague una vacuna de 35 mil pesos. Sin servicio público, no podés exigirle nada a la gente. El abandono no genera sobrepoblación, la genera el Estado al no actuar.

¿Cómo gestionás el cuidado de los animales después de ser rescatados? ¿Qué necesitás para garantizar su recuperación?


Plata. Para el alimento, para el veterinario, para las vacunas, para las castraciones, para internarlos, para todo. Yo vendo ropa usada, hago ferias, organizó ventas online. Todo es una locura, pero cuando me mandan la foto de un animal, se me parte el corazón.

¿Alguna experiencia de rescate que te haya marcado o dejado una enseñanza?

Todos los animales me dejan algo. Los perros y gatos rescatados son agradecidos. Pero lo más fuerte son las muertes evitables. Rescaté una camada con parvovirus, la interné en tres lugares distintos, y aun así se murieron varios en mis brazos. Lo que me deja esto no es heroísmo, es amargura, frustración y desgaste físico, emocional y económico. Las grandes organizaciones quizás lo viven distinto, pero la mayoría de las rescatistas estamos solas en esto.

¿Qué consejos le darías a alguien que quiera empezar a trabajar en rescates?

Que no lo haga. Que se dedique al activismo por políticas públicas. Que se sume a la Red de Políticas Públicas, que nuclea a legisladores, veterinarios y proteccionistas. Rescatar sin cambiar el sistema es como tirar baldes de agua al mar. El camino inteligente es lograr que se cumplan las leyes, porque eso salva a todos los animales, no sólo a uno.

¿Trabajas con otras organizaciones o dependes de tus propios recursos?

Trabajo con una chica, Marcela, que atrapa gatos ferales con jaula trampa y me ayuda a conseguir turnos. El resto… lamentablemente, no. Algunas organizaciones están más interesadas en la plata que en los animales. Y muchas se prestaron al juego político, sacándose fotos cuando se inauguró el hospital veterinario de Avellaneda, en lugar de reclamar lo que realmente se necesita: castraciones masivas.

¿Notás diferencias entre los animales rescatados en Villa Inflamable y otras zonas?

No. Los problemas son los mismos en todos lados: desnutrición, parásitos, enfermedades como moquillo, parvovirus, sarna, hambre, sed…

¿Cómo ves el futuro del bienestar animal en Dock Sud? ¿Qué cambios son necesarios?

Pésimo. No hay futuro para los animales en Dock Sud si no hay políticas públicas. Cada vez hay más abandono, menos recursos, y el primer integrante de la familia que se va cuando falta el pan es el perro o el gato. Si no se cumple la ley 13.879 y no se empieza a castrar en serio —300, 400 animales por día— esto no va a cambiar. Con los recursos actuales no alcanza: hay que construir desde los cimientos, y los cimientos son las castraciones.


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